Los hombres y las feas también tenemos derecho.

Recuerdo que, no hace mucho, durante mi estancia en el “País de Nunca Jamás”, estuve frecuentando a varios fotógrafos de estudio que llegaron a sorprenderme (de hecho casi me asustaron).

Tras repetidas sesiones de estudio de retrato y desnudo femenino, fuimos asaltados por un grupo de fotógrafas que reivindicando la bandera del feminismo nos reprochaban la falta de modelos masculinos en las sesiones.

Como no era nuestra intención, en ningún momento, discriminar a nadie, se procedió a organizar algunas sesiones con modelos masculinos. El resultado fue de lo más curioso; por un lado los habituales fotógrafos asistentes a las sesiones, no se personaron alegando su falta de interés por ese tipo de sesiones; y por otro la horda de fotógrafas que se quejaron, tampoco aparecieron. Esta experiencia, lejos de ser puntual se repitió en otras ocasiones viéndose repetido el mismo resultado; causando, por tanto el regreso al sistema previo de las sesiones de modelos femeninas.

Desde entonces y, de regreso a Oz, he estado siguiendo el trabajo de varios fotógrafos y estudios y, sin duda, he podido apreciar que no era un hecho aislado. Rara vez, hablando con “expertos” en fotografía de estudio, puedo encontrar compañeros que estén tan cómodos con la fotografía de hombres como de mujeres.

Rizando el rizo, encuentro frecuentemente “fotógrafos” que dicen trabajar con muchas modelos es sus estudios y, tras ver sus galerías fotográficas, descubres que todas están talladas por las mismas y estrechas características morfológicas. Hablando en “Roman Paladino” se podría decir que solo saben fotografiar rubias de generosas curvas, por poner un ejemplo.

Rechazan a modelos por su aspecto y no se molestan en descubrir si son expresivas y saben hacer algo más que unas posturas sexys, etc. He llegado a trabajar con modelos altamente recomendadas por estos colegas y tras pedir (o al menos intentar) que quería fotografiar una expresión de tristeza, alegría, sorpresa, miedo etc. he conseguido una serie de fotografías con la misma cara (inexpresiva; guapa, sí, pero… inexpresiva).

Si lo que queremos es fotografiar un cuerpo que incite más que sensualmente, adelante. Pero si nuestra intención es conseguir una fotografía que exprese algo más, que nos evoque una historia sólo con la mirada, el gesto, la expresión…. aún nos falta mucho por aprender.

Rechazar una sesión simplemente porque el modelo es masculino (sin ver tan solo una fotografía del modelo) es casi insultante para la profesión. Ser un fotógrafo de rubias de ojos azules y silueta escultural es, tal vez, demasiado fácil. No necesitamos grandes medios para obtener una imagen seductora, pero sosa y predecible.

Fotografiar a un anciano o a una señora de mediana edad y sacarle partido a sus arrugas de expresión es ya más complicado. No hay que enfrentarse a las sesiones con el famoso estado de “vamos a ver cómo está la chica para ver si nos interesa la sesión”. Seamos capaces de plantearnos es estado de “vamos a la sesión para ver cómo me las ingenio, y cómo he de trabajar para sacar el mejor partido de la sesión”.

Debo decir que esta forma de encarar la sesión me ha facilitado grandes alegrías; los retos a veces son difíciles pero nunca he salido desilusionado. He aprendido mucho más al enfrentarme a este tipo de fotografías, ya que he tenido, no sólo que analizar qué posturas le indico al / a la modelo en cuestión, sino que he tratado de buscar cómo tengo que procesar para destacar ese carácter, esa expresión que quiero destacar.

Como comentaba al principio ojalá estas actitudes tan sólo se dieran en el lejano “País de Nunca Jamás”. Por desgracia veo las mismas actitudes a mí alrededor. No permitamos que se extienda.

Los hombres y las feas también tienen su rincón en el mundo de la fotografía. Y francamente en fotografía puede que haya hombres y mujeres pero en mi opinión, no hay feas; tan solo hay personas que no han encontrado un fotógrafo que sepa mostrar su verdadera belleza.

Sepamos buscarla.